
Miedo. Cuando una hace las cosas dándoselas de valiente, a veces no hay vuelta atrás. Y eso es justo lo que me pasó. Tanto proyecto de año nuevo, tanto dármelas de superada y de decir que nada me retiene aquí... Me salió. Me gané una beca. La beca AlBan, nada menos. Y me aceptaron en la universidad en París. O sea que me voy. Y luego. Supuestamente tengo que estar allá en Septiembre, para buscar un depto por dos años, que seguramente va a ser un sucucho en un piso 19 sin ascensor, de 9 metros cuadrados y que va a costar lo mismo que un loft de 120 metros cuadrados en Providencia. Me muero de miedo.
Sí, ya sé, es el sueño del pibe, vivir y estudiar en París, dármelas de bohemia intelectual, caminar a orillas del Sena y comerme una baguette debajito de la Tour Eiffel. Pero eso implica dejar todo lo que es mío, mis amigos, mi familia, mis fallidos amores, mis libros y mi gato. Créanlo o no, el gato es todo un tema. Ha estado conmigo por más de 11 años, y sé que va a ser el que más va a sufrir con mi partida. Y además me voy sola. SOLA. Por primera vez en mi vida.
He estado bloqueadísima con el tema. Por eso ni había intentado escribir e incluso ahora se me hace cuesta arriba. No sé qué me da más horror: si irme o quedarme. Porque irme es empezar de nuevo, cuando ya tengo una vida bastante cómoda armada acá. Pero me da terror que me digan que no, que en realidad me faltó un papel, que no alcancé a sacar la visa y me tuve que quedar en Chile. De alguna retorcida manera siento que irme es el único camino que me queda. Es como una sensación de ahora o nunca, de única salida. Si me quedo acá es un poco más de lo mismo, que dada mi situación actual es lejos lo menos motivante que hay. Mis amores son todos un desastre. Mi pega no me llena. ¿Pero y si allá es lo mismo? Todos tienen la idea romántica de que es cosa de cruzar el charco para tener la vida soñada, que va a estar lleno de clones de Johnny Depp jurándole amor al estilo Pepe Le Pouf bajo el Arco de Triunfo a cuanta mujer latina se aparezca por allá. Pero en todas partes se cuecen habas. O sea, es posible que sea más de lo mismo, pero en otro idioma y sin el inestimable consuelo de mi gente.
Ya es un desgaste enorme reducir mi mundo a unas cuantas cajitas lo más livianas posible. Todo para irme a la incertidumbre. Sé que suena como si no me quisiera ir, pero es el día. Otras veces sueño con que mi vida será la repetición exacta de "Amélie", y fantaseo con andar en el carrusel abajito del Sacré Coeur, comprarme cosas en los Marché aux Puces, leer en algún parque perdido. Y pienso que si los problemas son los mismos, siempre es más glamoroso quejarse y condolerse a orillas del Sena que del Mapocho.
Por último ya está, ya no hay excusa. Si me gustaba hacerme la valiente, ahora es cuándo. Sólo me queda cruzar los dedos y tirarme de piquero en la idea de una "Soupe à l'oignon" en Montparnasse.
"On se croît enculé d'un centimètre et on l'est déjà de plusieurs mètres"
















Soy enferma de televita. Y una de las series que me tiene cautivadísima últimamente es Grey's Anatomy. Para los que no la ven: típica serie de doctores, en donde la protagonista (Meredith Grey) se enamora del guapísimo doctor que adorna este post. Ella y sus amigas le dicen "McDreamy", por lo rico. Y bueno, le resulta. Se aman. Todo bien. Hasta que aparece la señora oficial de McDreamy, que cobarde él se había olvidado de mencionar. Y ahí queda Meredith, botella y sufriente. Y la mujer oficial sufre también, porque por más pino que le pone, el famoso McDreamy sigue enamorado de Grey y no la pesca ni en bajada. Pero obviamente no hace nada. Nada de nada. Estático. Hasta que Meredith se mete con otro, y claro, él la trata de puta, suelta, etc. Y claro, ahí engancho yo. El tipo es un cobarde mamón capaz de sacrificar toda su gris existencia con tal de no hacer olitas. Un miserable perro del hortelano, incapaz de comer y muy preocupado de que nadie más coma. Ajjj. Es el dedo en la herida para mí. Estoy en mi cruzada personal en contra de la cobardía, de la que me rodea y de la propia. Tengo mi propio McDreamy (lo menos Dreamy del mundo, pero en fin) que me hace morir de amor. Pero es cobarde. Muy cobarde. Con eso me hiere, y mucho. Puta que duele. Y más me duele saber que su cobardía me hace cobarde, porque no logro sacarlo de mi vida. Me da pánico. Las veces que he tratado de extirparlo me ha dolido demasiado. Pagaría por cauterizarme el pedazo de cerebro donde lo tengo incrustado, algo así como un remake del Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos. Pero no puedo. Y mientras él sigue con su aburrida vida, en la que yo soy un accesorio entretenido y brillante pero muy innecesario, yo trato con todas mis fuerzas de olvidarme de él, de que su gordura no me enternezca sino que me repugne, de que su cobardía finalmente me decepcione, de lograrlo ver en toda su liliputiense realidad. Y no puedo. Con todos sus apestosos defectos, sigue siendo mi McDreamy. Pero voy a erradicarlo, como sea. No quiero que su cobardía me haga mierda. Ni quiero seguir siendo cobarde. Así tenga que morirme un rato de pena. A Meredith todavía no le resulta. Habrá que ver si tengo mejor suerte...
Todo partió el Sábado 1 de Agosto. Fue la fiestoca de mi amiga Teresa, toda farandulera ella. A pesar de que yo no tenía nada que ver, asumí que la fiesta era mía y partí celebrando mi cumpleaños en fiesta ajena. Top. Excelente estuvo. Como ando de recién soltera, ando de lo más liberada. Onda que me puse un vestido rojo sangre, cosa de no pasar desapercibida. Y bailé, muchísimo. Me hicieron sanguchito entre dos minos increíbles. Se agradeció bastante, me dejaron lista para un mes completo. La fiesta tenía un toque surrealista: Rafael Cavada bailaba sin polera ante la indiferencia general, y Bastián Bodenhoffer jugaba a ser Miguel Bosé, mientras yo no podía dejar de pensar que yo lo veía llorar por Nice mientras comía marraqueta con margarina y leche con Milo. Farándula. Terminé en el Casa Cena, comiendo machas a la parmesana y camarones al pil-pil a las 6:30 am, invitada por un amigo. Al día siguiente me declaré agonizante, hasta las 8:30pm, hora en que salí a comer con mi papá a un restaurant riiiico. El Lunes me invitaron a comer mis hermanitas. Yo estaba raja, así que ni me dio para arreglarme. Error: fuimos al Amorío, y entre pura gente linda yo andaba con mi mejor pinta de profesora de básica a mal traer. Aparte de un desfile farandulero (incluyendo a mi eterno y casi senil amor platónico, Panchito Reyes), estaba el protagonista de Crimen Ferpecto, excelente película española. Como estaba de cumpleaños, me armé de valor, me guardé el pudor y la plancha en un oscuro lugar y le fui a pedir un beso de feliz cumpleaños. Jejeje, harto viejita para ponerme groupie, pero bueno. Y al día siguiente... ¡¡Cumpleaños!! Fueron mis grandes amigos a verme. Me pasé dos horas pelando y desvenando un kilo de camarones ecuatorianos, pero valió la pena. Me tomé dos mango sours, que dado que soy abstemia me dejaron bastante a mal traer, equilibrándome apenas en mis zapatos de leopardo. En eso llegaron todas mis amigotas del colegio: la Tere, la Leti, la Marce, la Andrea y la Paloma. Mucho misterio, mucho preguntarme si los demás amigos que estaban en mi casa eran de confianza. Porque claro, me querían entregar mi regalito, y les entró algo de pudor a algunas. El regalo no era otra cosa que... ¡un vibrador nuevecito de paquete! Y de color púrpura, lo más cercano a Moradín que encontraron. A pesar de que Moradín es irreemplazable por ser el primero, mi nuevo juguete es increíble, ya que cumple con todas sus funciones esperadas. De hecho, ya es el hombre de esta casa. Duerme a mi lado, y le paso el control remoto a veces. Y me río cada vez que lo veo, y me acuerdo de todos mis amigos que estaban en mi cumpleaños, lo bien que lo pasé. Ojalá fuera como en Alicia en el País de las Maravillas, para celebrar los no-cumpleaños, y hacer estas cosas más seguido.

