El día de mi partida estaba muerta de angustia. Pero por suerte para mí, el hombre que me acompañaba logró tranquilizarme. “Eché todas tus gotas en tu cartera”, me dijo. Y supe que de alguna manera todo estaba bien, que en ese minuto él estaba a cargo. Y pude llorar un ratito escondida en su cuello. Cerca de Notre Dame hay una placita escondida, con flores, pasto y árboles altos. Miro a una gaviota que se comporta de manera extraña. Cerca de mí hay un hombre joven, vestido con ropas sueltas de algodón violeta. Está rapado a excepción de un penacho sobre el cráneo. Juega con una bola de vidrio, trata de pasársela de una mano a otra. No le resulta mucho, se pone nervioso cuando lo miro, se apura y la bola se le cae una y otra vez. Pero hay algunos pequeños momentos en que lo logra, y la bola transparente parece flotar, se transforma en burbuja frágil, apenas rozada por sus dedos finos.
Con Barbaridad comemos en un restaurant griego. Un ratón chiquitito corre entre las mesas. Es apenas una manchita en las baldosas. Se esconde debajo de la base de una mesa y asoma su hociquito nervioso, sin atreverse siquiera a sacar la cabeza completa. Me dan ganas de darle un pedazo de mi kebab, pero decido que no es una buena idea.
Paseo por el Jardin des Tuileries. Me quedo mirando a una gaviota que nada cerca de la orilla de la fuente. Una pareja le tira pedazos de pan, pero ella no se atreve a acercarse tanto, y mira el pan con desconfianza. Del fondo del agua turbia suben unos peces enormes, blanquecinos, completamente inesperados. Agitan la superficie y se comen todo el pan. La gaviota parece desilusionada.
Caminando frente a la Préfecture veo varias tiendas de plantas. Hay orquídeas de muchas variedades, y plantas carnívoras, mucho más chicas de lo que yo imaginaba. Me entretengo rozando las hojas de la sensitiva para ver cómo se repliegan sobre sí mismas, y tocando con el tallo de una hoja el frágil interior de una planta carnívora para verla cerrarse con cierta violencia. Todo clandestino, si el dueño de la tienda me ve me expongo a un reto en francés.
Con la Chasca recorremos el Marché aux Puces. En una casa vieja, cubierta de hiedras, hay animales embalsamados. Una jirafa mira con ojos fijos, recostada sobre su flanco. A su lado, en una cercanía imposible en la naturaleza, descansa un león con la melena un poco apolillada. Un oso polar nos amenaza convertido en alfombra, y su primo el oso pardo también trata de hacer lo mismo, pero como la alfombra está doblada el efecto no es muy parecido. Un zorro ártico parece dormir entre la nieve, con el hocico cubierto por su cola peluda. Un visón parece estar a punto de saltar arriba de uno de los sillones. Detrás de todos los animales hay una réplica de cráneo de Tiranosaurio. Varios lémures están fijos como si los hubieran congelado en medio de una carrera, sus caras expresando una eterna sorpresa de primate.
En la Ciudad Luz, cuando es de noche, no se ven las estrellas.




















Soy enferma de televita. Y una de las series que me tiene cautivadísima últimamente es Grey's Anatomy. Para los que no la ven: típica serie de doctores, en donde la protagonista (Meredith Grey) se enamora del guapísimo doctor que adorna este post. Ella y sus amigas le dicen "McDreamy", por lo rico. Y bueno, le resulta. Se aman. Todo bien. Hasta que aparece la señora oficial de McDreamy, que cobarde él se había olvidado de mencionar. Y ahí queda Meredith, botella y sufriente. Y la mujer oficial sufre también, porque por más pino que le pone, el famoso McDreamy sigue enamorado de Grey y no la pesca ni en bajada. Pero obviamente no hace nada. Nada de nada. Estático. Hasta que Meredith se mete con otro, y claro, él la trata de puta, suelta, etc. Y claro, ahí engancho yo. El tipo es un cobarde mamón capaz de sacrificar toda su gris existencia con tal de no hacer olitas. Un miserable perro del hortelano, incapaz de comer y muy preocupado de que nadie más coma. Ajjj. Es el dedo en la herida para mí. Estoy en mi cruzada personal en contra de la cobardía, de la que me rodea y de la propia. Tengo mi propio McDreamy (lo menos Dreamy del mundo, pero en fin) que me hace morir de amor. Pero es cobarde. Muy cobarde. Con eso me hiere, y mucho. Puta que duele. Y más me duele saber que su cobardía me hace cobarde, porque no logro sacarlo de mi vida. Me da pánico. Las veces que he tratado de extirparlo me ha dolido demasiado. Pagaría por cauterizarme el pedazo de cerebro donde lo tengo incrustado, algo así como un remake del Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos. Pero no puedo. Y mientras él sigue con su aburrida vida, en la que yo soy un accesorio entretenido y brillante pero muy innecesario, yo trato con todas mis fuerzas de olvidarme de él, de que su gordura no me enternezca sino que me repugne, de que su cobardía finalmente me decepcione, de lograrlo ver en toda su liliputiense realidad. Y no puedo. Con todos sus apestosos defectos, sigue siendo mi McDreamy. Pero voy a erradicarlo, como sea. No quiero que su cobardía me haga mierda. Ni quiero seguir siendo cobarde. Así tenga que morirme un rato de pena. A Meredith todavía no le resulta. Habrá que ver si tengo mejor suerte...
Todo partió el Sábado 1 de Agosto. Fue la fiestoca de mi amiga Teresa, toda farandulera ella. A pesar de que yo no tenía nada que ver, asumí que la fiesta era mía y partí celebrando mi cumpleaños en fiesta ajena. Top. Excelente estuvo. Como ando de recién soltera, ando de lo más liberada. Onda que me puse un vestido rojo sangre, cosa de no pasar desapercibida. Y bailé, muchísimo. Me hicieron sanguchito entre dos minos increíbles. Se agradeció bastante, me dejaron lista para un mes completo. La fiesta tenía un toque surrealista: Rafael Cavada bailaba sin polera ante la indiferencia general, y Bastián Bodenhoffer jugaba a ser Miguel Bosé, mientras yo no podía dejar de pensar que yo lo veía llorar por Nice mientras comía marraqueta con margarina y leche con Milo. Farándula. Terminé en el Casa Cena, comiendo machas a la parmesana y camarones al pil-pil a las 6:30 am, invitada por un amigo. Al día siguiente me declaré agonizante, hasta las 8:30pm, hora en que salí a comer con mi papá a un restaurant riiiico. El Lunes me invitaron a comer mis hermanitas. Yo estaba raja, así que ni me dio para arreglarme. Error: fuimos al Amorío, y entre pura gente linda yo andaba con mi mejor pinta de profesora de básica a mal traer. Aparte de un desfile farandulero (incluyendo a mi eterno y casi senil amor platónico, Panchito Reyes), estaba el protagonista de Crimen Ferpecto, excelente película española. Como estaba de cumpleaños, me armé de valor, me guardé el pudor y la plancha en un oscuro lugar y le fui a pedir un beso de feliz cumpleaños. Jejeje, harto viejita para ponerme groupie, pero bueno. Y al día siguiente... ¡¡Cumpleaños!! Fueron mis grandes amigos a verme. Me pasé dos horas pelando y desvenando un kilo de camarones ecuatorianos, pero valió la pena. Me tomé dos mango sours, que dado que soy abstemia me dejaron bastante a mal traer, equilibrándome apenas en mis zapatos de leopardo. En eso llegaron todas mis amigotas del colegio: la Tere, la Leti, la Marce, la Andrea y la Paloma. Mucho misterio, mucho preguntarme si los demás amigos que estaban en mi casa eran de confianza. Porque claro, me querían entregar mi regalito, y les entró algo de pudor a algunas. El regalo no era otra cosa que... ¡un vibrador nuevecito de paquete! Y de color púrpura, lo más cercano a Moradín que encontraron. A pesar de que Moradín es irreemplazable por ser el primero, mi nuevo juguete es increíble, ya que cumple con todas sus funciones esperadas. De hecho, ya es el hombre de esta casa. Duerme a mi lado, y le paso el control remoto a veces. Y me río cada vez que lo veo, y me acuerdo de todos mis amigos que estaban en mi cumpleaños, lo bien que lo pasé. Ojalá fuera como en Alicia en el País de las Maravillas, para celebrar los no-cumpleaños, y hacer estas cosas más seguido.
