
No puedo escribir de lo que me pasa. Todavía no lo puedo poner en palabras. Pero este pobre blog está descuidado, no lo actualizo hace mucho tiempo. Así que, dado que este es un espacio 100% autorreferente, quiero postear mis cuentos fallidos para Santiago en 100 palabras. No me he ganado ni siquiera una mísera mención honrosa, así que no deben ser muy buenos. Pero me gustan. Y se merecen una oportunidad...
Cuchito
Llora sentada en un banco, con una carta arrugada entre sus manos, los ojos fijos en el agua turbia del río. Un gato la observa desde el suelo. Al cabo de unos minutos ella le devuelve la mirada y tímidamente palmea tres veces su regazo. Tras una pequeña vacilación el gato salta, se acurruca, ronronea. La mujer pasa su mano helada por el tibio pelaje del animal. “Cuchito lindo” musita ella, esbozando una sonrisa. La mujer no lo sabe, pero el gato también se salvó ese día.
Santa Marta
Todavía está cómoda. Sus ojos oscuros y tranquilos brillan asomados entre la manta, sus deditos traslúcidos juegan con un rayo de luna. No hace mucho la dejaron ahí. Ya vendrá el hambre, el frío, los ojillos fosforescentes de las ratas. Y el llanto que inunda todo, ese maullido interminable de gatito herido, de guagua abandonada en el vertedero Santa Marta.
Tarde de Mall
Cerca del patio de comidas hay un pequeño coche negro. La gente cargada de bolsas pasa por el lado, sin verlo. De adentro se escucha un llanto ahogado y suave primero, desesperado después. La gente se arremolina, guardias de seguridad, quién dejó eso ahí, nadie sabe, llamen a Carabineros. Finalmente un guardia se lleva el coche y su bultito lloroso. Todo vuelve a la normalidad. Sólo queda una mujer que llora despacito en el baño, rogando por que alguna de las señoras rubias que pasean esa tarde por el mall se apiade y adopte a su niño.
Llora sentada en un banco, con una carta arrugada entre sus manos, los ojos fijos en el agua turbia del río. Un gato la observa desde el suelo. Al cabo de unos minutos ella le devuelve la mirada y tímidamente palmea tres veces su regazo. Tras una pequeña vacilación el gato salta, se acurruca, ronronea. La mujer pasa su mano helada por el tibio pelaje del animal. “Cuchito lindo” musita ella, esbozando una sonrisa. La mujer no lo sabe, pero el gato también se salvó ese día.
Santa Marta
Todavía está cómoda. Sus ojos oscuros y tranquilos brillan asomados entre la manta, sus deditos traslúcidos juegan con un rayo de luna. No hace mucho la dejaron ahí. Ya vendrá el hambre, el frío, los ojillos fosforescentes de las ratas. Y el llanto que inunda todo, ese maullido interminable de gatito herido, de guagua abandonada en el vertedero Santa Marta.
Tarde de Mall
Cerca del patio de comidas hay un pequeño coche negro. La gente cargada de bolsas pasa por el lado, sin verlo. De adentro se escucha un llanto ahogado y suave primero, desesperado después. La gente se arremolina, guardias de seguridad, quién dejó eso ahí, nadie sabe, llamen a Carabineros. Finalmente un guardia se lleva el coche y su bultito lloroso. Todo vuelve a la normalidad. Sólo queda una mujer que llora despacito en el baño, rogando por que alguna de las señoras rubias que pasean esa tarde por el mall se apiade y adopte a su niño.
El Baile
Santiago es nuestro escenario para una coreografía ciega. Bailamos a tientas entre las calles, buscándonos sin saberlo. Esta danza tácita le presta a la ciudad un brillo de ópera, la transforma en el decorado vivo de un montaje azaroso. Sin previo aviso una esquina nos reúne; cruzas la calle justo al frente de mi automóvil detenido, al prenderse las luces del cine veo que estás cuatro asientos más allá. Son estos fugaces instantes los que me hacen estar siempre atenta, no vaya a perderte en un reflejo de puerta giratoria.
Santiago es nuestro escenario para una coreografía ciega. Bailamos a tientas entre las calles, buscándonos sin saberlo. Esta danza tácita le presta a la ciudad un brillo de ópera, la transforma en el decorado vivo de un montaje azaroso. Sin previo aviso una esquina nos reúne; cruzas la calle justo al frente de mi automóvil detenido, al prenderse las luces del cine veo que estás cuatro asientos más allá. Son estos fugaces instantes los que me hacen estar siempre atenta, no vaya a perderte en un reflejo de puerta giratoria.







Soy enferma de televita. Y una de las series que me tiene cautivadísima últimamente es Grey's Anatomy. Para los que no la ven: típica serie de doctores, en donde la protagonista (Meredith Grey) se enamora del guapísimo doctor que adorna este post. Ella y sus amigas le dicen "McDreamy", por lo rico. Y bueno, le resulta. Se aman. Todo bien. Hasta que aparece la señora oficial de McDreamy, que cobarde él se había olvidado de mencionar. Y ahí queda Meredith, botella y sufriente. Y la mujer oficial sufre también, porque por más pino que le pone, el famoso McDreamy sigue enamorado de Grey y no la pesca ni en bajada. Pero obviamente no hace nada. Nada de nada. Estático. Hasta que Meredith se mete con otro, y claro, él la trata de puta, suelta, etc. Y claro, ahí engancho yo. El tipo es un cobarde mamón capaz de sacrificar toda su gris existencia con tal de no hacer olitas. Un miserable perro del hortelano, incapaz de comer y muy preocupado de que nadie más coma. Ajjj. Es el dedo en la herida para mí. Estoy en mi cruzada personal en contra de la cobardía, de la que me rodea y de la propia. Tengo mi propio McDreamy (lo menos Dreamy del mundo, pero en fin) que me hace morir de amor. Pero es cobarde. Muy cobarde. Con eso me hiere, y mucho. Puta que duele. Y más me duele saber que su cobardía me hace cobarde, porque no logro sacarlo de mi vida. Me da pánico. Las veces que he tratado de extirparlo me ha dolido demasiado. Pagaría por cauterizarme el pedazo de cerebro donde lo tengo incrustado, algo así como un remake del Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos. Pero no puedo. Y mientras él sigue con su aburrida vida, en la que yo soy un accesorio entretenido y brillante pero muy innecesario, yo trato con todas mis fuerzas de olvidarme de él, de que su gordura no me enternezca sino que me repugne, de que su cobardía finalmente me decepcione, de lograrlo ver en toda su liliputiense realidad. Y no puedo. Con todos sus apestosos defectos, sigue siendo mi McDreamy. Pero voy a erradicarlo, como sea. No quiero que su cobardía me haga mierda. Ni quiero seguir siendo cobarde. Así tenga que morirme un rato de pena. A Meredith todavía no le resulta. Habrá que ver si tengo mejor suerte...
Todo partió el Sábado 1 de Agosto. Fue la fiestoca de mi amiga Teresa, toda farandulera ella. A pesar de que yo no tenía nada que ver, asumí que la fiesta era mía y partí celebrando mi cumpleaños en fiesta ajena. Top. Excelente estuvo. Como ando de recién soltera, ando de lo más liberada. Onda que me puse un vestido rojo sangre, cosa de no pasar desapercibida. Y bailé, muchísimo. Me hicieron sanguchito entre dos minos increíbles. Se agradeció bastante, me dejaron lista para un mes completo. La fiesta tenía un toque surrealista: Rafael Cavada bailaba sin polera ante la indiferencia general, y Bastián Bodenhoffer jugaba a ser Miguel Bosé, mientras yo no podía dejar de pensar que yo lo veía llorar por Nice mientras comía marraqueta con margarina y leche con Milo. Farándula. Terminé en el Casa Cena, comiendo machas a la parmesana y camarones al pil-pil a las 6:30 am, invitada por un amigo. Al día siguiente me declaré agonizante, hasta las 8:30pm, hora en que salí a comer con mi papá a un restaurant riiiico. El Lunes me invitaron a comer mis hermanitas. Yo estaba raja, así que ni me dio para arreglarme. Error: fuimos al Amorío, y entre pura gente linda yo andaba con mi mejor pinta de profesora de básica a mal traer. Aparte de un desfile farandulero (incluyendo a mi eterno y casi senil amor platónico, Panchito Reyes), estaba el protagonista de Crimen Ferpecto, excelente película española. Como estaba de cumpleaños, me armé de valor, me guardé el pudor y la plancha en un oscuro lugar y le fui a pedir un beso de feliz cumpleaños. Jejeje, harto viejita para ponerme groupie, pero bueno. Y al día siguiente... ¡¡Cumpleaños!! Fueron mis grandes amigos a verme. Me pasé dos horas pelando y desvenando un kilo de camarones ecuatorianos, pero valió la pena. Me tomé dos mango sours, que dado que soy abstemia me dejaron bastante a mal traer, equilibrándome apenas en mis zapatos de leopardo. En eso llegaron todas mis amigotas del colegio: la Tere, la Leti, la Marce, la Andrea y la Paloma. Mucho misterio, mucho preguntarme si los demás amigos que estaban en mi casa eran de confianza. Porque claro, me querían entregar mi regalito, y les entró algo de pudor a algunas. El regalo no era otra cosa que... ¡un vibrador nuevecito de paquete! Y de color púrpura, lo más cercano a Moradín que encontraron. A pesar de que Moradín es irreemplazable por ser el primero, mi nuevo juguete es increíble, ya que cumple con todas sus funciones esperadas. De hecho, ya es el hombre de esta casa. Duerme a mi lado, y le paso el control remoto a veces. Y me río cada vez que lo veo, y me acuerdo de todos mis amigos que estaban en mi cumpleaños, lo bien que lo pasé. Ojalá fuera como en Alicia en el País de las Maravillas, para celebrar los no-cumpleaños, y hacer estas cosas más seguido.

